FIESTA DE LA PRESENTACION DEL SEÑOR: SIGNIFICADO DE LOS RITOS

Esta fiesta del 2 de febrero, recuerda el pasaje bíblico del capítulo 2 de Lucas, en el cual María va a Jerusalén para el cumplimiento de la Ley Mosaica, que tenía lugar cuarenta días después del nacimiento del primer varón, según la cual las madres en el templo debían ofrecer en sacrificio de purificación un cordero o, sino podían, dos tórtolas o dos pichones, y de esa manera se consagraba el niño a Dios.

Antes de la misa, tanto de una forma del rito romano como de otra, se bendicen las velas y se inicia la procesión.

LA LUZ DE VELAS

“Luz para iluminar a los gentiles”, dijo Simeón al ver a Jesús: de esa manera se profetizaba que Jesús mostraría su gloria en las bodas de Caná e irradiaría la luz de su doctrina a los pueblos. La luz de las velas, en fin, simboliza la luz de la fe; la fe en la divinidad y el poder de Dios.

LAS VELAS

Dice San Anselmo que “la cera de las velas significa la carne virginal del Niño Dios (su humanidad), la mecha su alma y la llama su divinidad”.

LA PROCESION

La procesión de las velas recuerda el viaje que María y José hicieron para presentar al Niño Jesús en el templo.

USO DE LA VELA BENDITA

La vela puede ser encendida en momentos o tiempos de peligro, en catástrofes como así en los últimos momentos de una persona; también se pueden encender en estas situaciones a algún santo. En estas ocasiones se puede rezar la invocación  “Del rayo y de la tempestad, líbranos Señor” (A fúlgure et tempestate, líbera nos, Dómine) e invocar a la virgen como Auxilium Christianorum (“Auxilio de los Cristianos”).

Como se trata de una vela bendita, se la puede envolver en una tela (en lo posible de material bueno) y sobre todo guardarla en un lugar cerrado o una caja. Una vez derretida no se tira, se entierra.

A CARLOS, VIDA Y VICTORIA

Era la Navidad del año 800 durante la Misa pontifical celebrada por el Papa León, cuando el rey Carlos se arrodilló para rezar delante del altar mayor, bajo el cual está el cuerpo de San Pedro , el Papa se le acercó, y le puso en la cabeza la corona imperial, lo hizo una reverencia formal como se acostumbraba en la antigüedad, lo saludó como Emperador y Augusto, y lo ungió, mientras los romanos estallaban en grandes aclamaciones, por tres veces repitieron: “A Carlos Augusto, coronado por Dios, emperador poderoso y pacífico, larga vida y victoria” (Carolo, piisimo Augusto a Deo coronato, magno et pacifico Imperatore, vita et victoria).

El miércoles 28 de diciembre, en el santoral del calendario litúrgico de la forma extraordinaria del rito romano, se conmemoró como “Bienaventurado” a Carlomagno, quién fuera el primer emperador del Occidente Cristiano, y con justa razón considerado hoy, no solo fundador de las actuales casas reales de Francia y Alemania, sino también “Padre de Europa”: su imperio unió por primera vez desde los romanos a la mayor parte de Europa Occidental, y el renacimiento carolingio estableció una identidad europea común. Pierre Riché escribe: “. . . disfrutó de un destino excepcional, y por la dirección de su reinado, por sus conquistas, legislación y legendaria estatura, marcó profundamente la historia de Europa Occidental.”

Con respecto a la cuestión de si es santo o no, hay que partir de que quien sancionó su culto fue un antipapa, es decir, un papa ilegítimo, Guido de Crema (Pascual III). Benedicto XIV, discute el punto con cierta extensión en su obra sobre la beatificación y canonización, y concluye diciendo que puede atribuirse con justicia el título de “bienaventurado” a tan gran defensor de la Iglesia y del Papado. Sin embargo, en la actualidad sólo celebran la fiesta de Carlomagno la diócesis de Aquisgrán (Alemania) y dos abadías suizas.